Petróleo en Cuba: ¿sueño o pesadilla?


Refinería cubano venezolana en Cienfuegos (Foto: barometropolitico.com)

LA HABANA, Cuba.- “Menos mal que en Cuba petróleo es lo que no hay”. Así decía años atrás la letra de una popular canción del grupo musical cubano Habana Abierta. Sin embargo, ahora los medios oficiales de la Isla afirman lo contrario: “En cuatro pozos situados en la Zona Económica Exclusiva de Cuba en el Golfo de México (ZEEC-GOM) se han encontrado manifestaciones de crudo, reveló la empresa Unión Cuba-Petróleo (Cupet), que promueve proyectos de prospección con participación de capital extranjero”.

Por estos días en que la desaparición de gasolina “especial” y la escasez de la “regular” en La Habana han provocado verdaderas congestiones en las pocas estaciones de servicio en las que ha habido alguna existencia del combustible, la noticia de la supuesta presencia de grandes reservas petroleras cubanas suena como un mal chiste: ¿a quién le importa que haya varios miles de millones de barriles de petróleo de dudosa calidad, profundamente sepultados bajo el lecho del Golfo, si no hay una gota de gasolina en las estaciones de servicios? Y, en caso de que fuera cierto, ¿en qué se beneficiarían los cubanos? El choteo propio de nuestra idiosincrasia tiene una frase especial para graficar el caso: hay pero no te toca.

De hecho, resulta sumamente notoria tanta fanfarria de prensa sobre el dudoso e inaccesible hallazgo, que yace sumergido en aguas ultraprofundas del Golfo de México, mientras se ha evadido informar sobre la crisis de combustible que se está produciendo en el país ante los ojos de todos y que está alimentando la incertidumbre popular con las alarmantes señales de un retorno a los tiempos en que terminó de un plumazo el programa de subsidios soviéticos. Muchos cubanos barruntan que el espectro insepulto del llamado “período especial”, con su secuela de apagones y hambruna, vuelve a acechar a la nación.

Por tanto, el tema del “crudo” con el que los amos de la hacienda pretenden agitar las esperanzas de la dotación, huele a chamusquina, como siempre que los cataclismos en la casa de los aliados hacen que los mafiosos del Palacio de la Revolución busquen cualquier carta bajo la manga para salir ilesos y seguir con su apuesta: conservar el poder a toda costa y a cualquier costo.

Es por eso que algunos suspicaces consideran que la noticia solo es un farol para atraer inversores incautos, y que colateralmente persigue el efecto inmediato de tranquilizar los ánimos de una población suficientemente crispada por el gradual –aunque aparentemente inexorable– retorno a otro ciclo de (mayores) penurias materiales, esta vez con el agravante que supone el fin de la política de pies secos/pies mojados, que por mucho tiempo fue la solución más expedita para escapar de la condena a miseria perpetua.

Así, mientras se profundiza la crisis económica y política en Venezuela –cuyas verdaderas causas y magnitud son cuidadosamente silenciadas en los medios oficiales–, el sentido común y la experiencia de casi seis décadas de estafas sugieren a los cubanos la existencia de una relación directa entre la actual escasez de gasolina y los espasmos de agonía del chavo-madurismo, incapaz de mantener por más tiempo los (ya mermados) subsidios que han prolongado artificialmente la vida de la dictadura cubana.

Ahora bien, si hipotéticamente asumiéramos como cierta la posibilidad de que la cleptocracia verdeolivo dispusiera próximamente de otra fuente de hidrocarburos –esta vez, ¡ay!, de su absoluta propiedad– ¿qué significaría eso para los destinos de la Isla? Pues, ni más ni menos, una condena a vivir bajo condiciones de dictadura a perpetuidad, con la aquiescente tolerancia de los poderes que rigen en el planeta. De hecho, muchos de los más acérrimos críticos del “socialismo” a lo Castro pasarían a convertirse en sus socios. Y tampoco esto sería una novedad, porque resulta axiomático que las riquezas suelen otorgar inmunidad a los dictadores.

De manera que, si por una vez los cubanos nos decidiéramos a bajar la cresta y asumir la verdadera posición que ocupamos en el mundo –que se equipara a la del plancton en la cadena biológica– descubriríamos que conjuras similares ya han sucedido antes.

Un ejemplo clásico es el de Guinea Ecuatorial, esa diminuta isla del occidente africano, antes conocida como Fernando Poo, con menos de 100 mil habitantes, que fuera colonia portuguesa, francesa, inglesa y finalmente española, hasta que en octubre de 1968 obtuvo su independencia, solo para pasar a manos del dictador Francisco Macías, quien impuso un partido único obligatorio y un régimen represivo (1968-1979), hasta ser depuesto por un golpe de Estado dirigido por Teodoro Obiang. Este, tras hacer ejecutar al tirano derrotado, prometió acabar con la represión política en la isla.

Sin embargo, lejos de mejorar la vida de los ecuatoguineanos, bajo el control de Obiang se incrementó la represión, aumentó la pobreza y se acentuó el atraso en el país. Por su parte, Amnistía Internacional, la ONU y numerosas personalidades mundiales han acusado repetidamente a Obiang como responsable de detenciones a opositores políticos, así como de torturas y violaciones de los derechos humanos, sin que ello haya influido en un proceso de democratización o, al menos, en un avance en las condiciones y el nivel de vida de las tres cuartas partes de la población del país, sumida en la más absoluta miseria.

Puede afirmarse que la desventura de los ecuatoguineanos discurre ante la más absoluta indiferencia de los pobladores de este planeta, cuya mayoría incluso desconoce su existencia. Más aún, el cleptócrata Obiang suele ser amistosamente recibido por mandatarios, políticos de alto rango y personalidades de reconocido prestigio del mundo occidental, que –sin embargo– se rasgan las vestiduras y quiebran lanzas por la democracia en todos los foros internacionales.

Porque resulta que años atrás en ese pequeño punto de la geografía africana fueron descubiertas enormes reservas petrolíferas, cuyos derechos de explotación pertenecen a compañías extranjeras, principalmente estadounidenses, las cuales no parecen tener ningún escrúpulo en negociar con el flamante Presidente que, en su momento, fuera calificado como “el gobernante más asesino y ladrón del mundo” por parte de un ex embajador norteamericano en esa nación. “Al César lo que es del César”, se dirán entre sí los beneficiarios de tan pingües dividendos.

Obiang, mientras tanto, no solo sigue detentando el poder absoluto en Guinea Ecuatorial, sino que es el fundador de una dinastía que ha amasado impunemente una colosal riqueza apropiándose de los ingresos procedentes de la explotación petrolera y resguardándolos en cuentas bancarias de Europa, y quizás en otros continentes. Para asegurar la continuidad del despojo de la riqueza nacional en beneficio de su casta, su hijo ocupa una relevante posición política en el país y tiene numerosas propiedades dentro y fuera de la islita.

¿Acaso no se notan ciertas sospechosas similitudes? Así pues, los cubanos deberíamos estar avisados. No resulta prudente alimentar la vanidad de pensar que eso ocurre en Guinea Ecuatorial “porque ellos son africanos”, y que en Cuba no sucederá jamás porque nosotros somos “occidentales”. Sesenta años atrás nadie hubiese creído que la próspera Cuba llegaría a ser una nación casi tan pobre como Haití… Y sigue cayendo.

En lo personal, lejos de animarme, los anuncios de reservas petroleras en Cuba me disparan todas las alarmas. Ha transcurrido suficiente tiempo y circunstancias disímiles como para verificar que la precariedad de los derechos y libertades de los cubanos no interesan a ninguno de los grandes centros del poder y la política mundiales.

Y es que en realidad los destinos de los nativos de esta ínsula son tan inciertos y nuestros sueños de democracia aún tan quiméricos, que bastaría con que apareciera un tahúr extranjero lo suficientemente temerario como para invertir un enorme capital de riesgo en la aventura petrolera, y que –en efecto– apareciera el tan preciado hidrocarburo, para que la cleptocracia castrista retoñara “con esa fuerza más”, aplastando cualquier atisbo de esperanzas libertarias para Cuba. No tengo creencias religiosas, pero por las dudas, cruzo los dedos.

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