La iglesia, traicionada y salvada por sí misma

LA HABANA, Cuba.- Jaime Ortega, quien fuera arzobispo de La Habana, fue por algún tiempo el referente más poderoso e influyente de la iglesia católica cubana, aun cuando estaba a la sombra de los hermanos Castro. Ese religioso que estuvo encerrado durante algunos años de su juventud en esos campos de concentración que conocimos con el eufemismo de Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP), se convertiría luego en artífice de las negociaciones para conseguir el buen restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana.

Según dijera el propio cardenal en algunas entrevistas, él fue un puente, un mensajero, un “lleva y trae” diría yo, al servicio de la dictadura. Detrás de esos pactos también estuvo el papa Francisco, lo que prueba que Jaime Ortega sabía hacer muy bien el lobby político, teniendo incluso al Vaticano de su lado, para servir a la dictadura de los Castro.

El cardenal Jaime Ortega tenía un verdadero interés en cumplir las órdenes de sus antiguos represores, y fue ahí cuando se le probó que estaba contagiado con el “síndrome de Estocolmo”; aunque un viejo oficial del régimen, que en la actualidad es un opositor, asegura que el gobierno chantajeaba a Ortega, que usaba algunas de sus estrategias preferidas, le recordaba elementos de su vida sexual, lo amenazaba.

Lo que sí es cierto es que Jaime Ortega había olvidado sus responsabilidades al frente de la iglesia; y sobre todo su compromiso con el pueblo de Cuba, ese al que debía defender, cuidar. Jaime tenía que luchar para terminar esa agonía del pueblo que ya dura sesenta años. En lugar de hacer lo que debía se empeñó en apagar cualquier disonancia entre la iglesia y el estado comunista, prefiriendo al segundo. Recordemos su actitud con la fabulosa revista “Vitral” de Pinar del Río, voz de los desposeídos.

Su actitud siempre fue la de un gendarme del régimen. Le mintió al preso político Ernesto Borges, a quien hasta fue a visitar a la prisión allá en el Combinado del Este, después que este hiciera una huelga de hambre, y a quien prometió interceder ante el gobierno de los Castro, lo que nunca hizo, para asegurar más tarde, ante televisoras extranjeras, que “en Cuba no había presos políticos”. Jaime traicionó a las valientes Damas de Blanco; primero las recibió en su oficina aparentando comprenderlas, pero jamás intercedió a favor de ellas, y calló cuando supo de los maltratos y vejaciones que les dedicaba el gobierno.

Este religioso, mientras estuvo en la vida pública, hizo que los cubanos de fe sintiéramos vergüenza, pero poco duró su papel de embajador del régimen. Los demócratas no obtuvieron el poder en los Estados Unidos, y sus planes se frustraron. Hoy no tiene ninguna credibilidad para los fieles cubanos ni tampoco su rebaño le cree. Y menos ahora, cuando tres padres de la iglesia alzaron sus voces en una carta que enviaron al dictador Raúl Castro, en la que le sugieren que abandone el poder, y permita de una vez que el pueblo de Cuba tenga esperanzas, y la oportunidad de prosperar.

Estos tres sacerdotes han sacado la cara por esa Iglesia entreguista, esa iglesia arrodillada que el cardenal Jaime Ortega guio por muchos años. Ante la ausencia de credibilidad en la jerarquía católica cubana, estos sacerdotes han devuelto ese horizonte de bondad, y amor cristiano que jamás debimos perder. Hoy la iglesia católica vuelve a encender sus luces, y alumbra, muestra, el camino del que no debieron sacarnos nunca. Hoy son tres los curas católicos que pidieron a Raúl que nos devuelva la democracia, que deje a los cubanos opinar como piensan realmente, y que se abandone la mentira y el ocultamiento. Estos padres le dijeron a Raúl Castro un sinfín de verdades. Esa es la verdad de Cuba, la que exige lo que merecemos; y creo que ese trillo que hoy ellos marcaron es el inicio, y que luego serán más, muchos más, los religiosos, los cubanos todos, que harán exigencias al régimen.

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