Estas son las reglas del juego

(Reuters)

LA HABANA, Cuba.- El tiempo para las hipótesis y las especulaciones ha quedado atrás. Las palabras que este viernes al mediodía, ante un nutrido auditorio predominantemente cubano, pronunció en Miami el presidente Donald Trump, no dejan espacio para la duda. Han quedado clarísimas las reglas del juego a las que deberá atenerse en lo adelante la dictadura castrista.

Grandísima razón tenía la delfina Mariela Castro cuando hace apenas unas horas, ante la prensa española, comentaba: “El mundo hace chistes con Trump, pero en Cuba nos preocupa mucho”. Las que ya han perdido toda vigencia son sus palabras ulteriores: “Trump todavía es una sorpresa; no tenemos la menor idea de hacia dónde va”. Esto ya no es cierto en absoluto. Al menos, en lo tocante al archipiélago caribeño.

Los reclamos de respeto a los derechos humanos del pueblo cubano, liberación de los presos de conciencia, cese de la represión, reconocimiento de todos los partidos políticos y celebración de elecciones libres y competitivas, hechos de manera pública por el jefe de la superpotencia mundial, han encontrado eco en todos los cubanos de ideas democráticas.

Se trata de cosas que en el mundo libre se dan por sentadas; que parecen absolutamente normales en todos los países civilizados. Pero por alguna ignota razón, funciona en este asunto la llamada “excepcionalidad de Cuba”. Los mismos que considerarían inaceptable que en sus propios países se ignorase a la oposición o no se le admitiera postular sus candidatos o hacer campaña por ellos, aceptan como algo normal que el régimen de La Habana conculque esos derechos y se autoperpetúe.

Lo anterior acaba de confirmarse con la convocatoria a nuevas elecciones recién hecha por el Consejo de Estado cubano. Ellas se realizarán bajo las mismas reglas arbitrarias y tramposas que han regido hasta ahora. Se anuncia la próxima presentación a la Asamblea Nacional del proyecto de un flamante código electoral. Pero todo indica que, en él, lo único nuevo serán el nombre y el año de su promulgación.

La mencionada actitud de tolerancia con el régimen castrista funciona a plenitud en el Viejo Continente. También pareció imperar en Estados Unidos durante los dos últimos años de la administración de Barack Obama. Ahora, con las declaraciones públicas de Trump, se pone claramente de manifiesto que esa fugaz “luna de miel” fue una excepción en la política norteamericana hacia Cuba.

El nuevo enfoque recién anunciado por el actual presidente estadounidense (en puridad, se trata más bien de la ratificación del rumbo tradicional de las políticas del gran país hacia Cuba y su gobierno) parecen recoger las ideas plasmadas en la vibrante carta abierta que le dirigiera hace apenas unas horas nuestro compatriota José Daniel Ferrer, líder de UNPACU. No en balde el nombre de ese valiente hermano —al igual que el de otra cubana corajuda también residente en Cuba, Berta Soler— fue mencionado por el ilustre orador.

A estas alturas debe reinar preocupación entre los sesudos asesores del Palacio de la Revolución de La Habana.  Ante los repetidos gestos de apertura de Obama, la alta jefatura cubana —probablemente a instancias de esos mismos consejeros— adoptó una actitud de renuencia y distanciamiento. Todo indica que en los erróneos cálculos de esos despistados, la victoria de la señora Hillary Clinton estaba garantizada.

En su criterio, pues, no resultaba oportuno ni necesario aprovechar la coyuntura ni avanzar hacia un entendimiento con Don Barack: ya vendría la ex Primera Dama, y con su re-entrada en la Casa Blanca se contaría con no menos de cuatro años más para diseñar los nuevos acuerdos con Washington, que esos mismos asesores daban como cosa hecha. Craso e irreparable error. O para decirlo en las palabras de una colega: “La dictadura cubana dilapidó dos preciosos años de apertura”.

Veremos si, ante la nueva realidad política planteada por las palabras de Trump, el régimen castrista se abroquelará o dará pasos constructivos. Y por supuesto que no estoy refiriéndome al mundo de las palabras, pues ya sabemos que la retórica comunista aburre de tan repetitiva. A lo que aludo es a las medidas políticas concretas —que también pueden ser discretas— que pudiera ir adoptando —o no— el viejo régimen de La Habana.

Las posibilidades están planteadas. En su discurso de Miami, el nuevo inquilino de la Casa Blanca no cerró la puerta a un posible acuerdo. Pero sí estableció condiciones claras para alcanzarlo. Veremos si en el General­-Presidente cubano primará la flexibilidad o el empecinamiento.

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